Octubre: volver a la tierra

y aprender a poner límites

Volver a la rutina también es volver a ti

Octubre tiene algo diferente. Septiembre todavía conserva un poco de ese aire de transición: las vacaciones que terminan, los nuevos horarios, las adaptaciones, los comienzos.

Pero llega octubre y parece que la vida nos dice:

Ahora sí. Ya estamos aquí.

Los horarios empiezan a asentarse. La rutina se hace más previsible. El verano queda un poco más lejos y volvemos a tocar tierra. Y quizá eso sea precisamente lo que necesitamos.

Volver a la tierra.

Volver al cuerpo.

Volver a nuestras necesidades.

Volver a preguntarnos cómo estamos, qué necesitamos y qué estamos sosteniendo que quizá ya no podemos —o no queremos— seguir sosteniendo.

Porque a veces vivimos tan pendientes de todo lo que hay que hacer, de todo lo que necesitan los demás y de todo lo que esperamos de nosotras mismas, que dejamos de escucharnos.

Y es aquí donde aparecen los límites.

¿Qué significa realmente poner límites?

Cuando escuchamos la palabra límites, muchas veces pensamos en decir que no.

En alejarnos.

En marcar una distancia.

Incluso en ser firmes o “ponernos en nuestro sitio”.

Pero un límite es mucho más que eso.

Un límite es reconocer dónde termino yo y dónde empieza el otro.

Es reconocer que las necesidades de los demás existen, pero que las nuestras también.

Que podemos querer a alguien y no estar disponibles siempre.

Que podemos comprender una situación y, aun así, no aceptarla.

Que podemos ayudar sin hacernos responsables de todo.

Que podemos decir “no” sin dejar de ser buenas personas.

Y quizá una de las cosas más difíciles sea aceptar que poner un límite no siempre va a gustar.

A veces alguien se enfadará.

A veces alguien se sentirá decepcionado.

A veces alguien nos llamará egoístas.

Y eso no significa necesariamente que el límite esté mal puesto.

Los límites también empiezan dentro de nosotras

Hablamos mucho de poner límites a los demás, pero hay otros límites que son igual de importantes: los que necesitamos poner a nuestra propia exigencia.

Quizá necesitas dejar de exigirte llegar a todo.

Dejar de pensar que deberías tener más paciencia.

Dejar de compararte.

Dejar de decirte que tendrías que estar aprovechando mejor el tiempo.

Dejar de sentir que descansar es perder el tiempo.

Dejar de pedirte que puedas con todo.

Porque hay una forma de sobrepasar nuestros límites que no viene de fuera.

A veces somos nosotras mismas quienes los cruzamos una y otra vez.

Y lo hacemos, muchas veces, porque hemos aprendido que cuidar, cumplir, rendir y estar disponibles es una manera de demostrar nuestro valor.

Pero tu valor no depende de cuánto eres capaz de sostener.

Un ejercicio para empezar: “¿Cómo estoy yo?”

Antes de pensar en qué límite necesitas poner a los demás, te propongo algo mucho más sencillo.

Durante esta semana, una vez al día, detente un minuto y pregúntate:

¿Cómo estoy yo ahora mismo?

No cómo deberías estar.

No cómo te gustaría estar.

No cómo crees que esperan los demás que estés.

 

¿Cómo estás?

Puedes responder con una sola palabra:

Cansada.

Tranquila.

Irritada.

Triste.

Agobiada.

Bien.

Desconectada.

Necesitada de espacio.

No hace falta analizarlo ni solucionarlo.

Solo ponerle nombre.

Y después hazte una segunda pregunta:

¿Qué necesito ahora?

Quizá la respuesta sea algo muy pequeño:

Necesito cinco minutos de silencio.

Necesito que alguien me ayude.

Necesito parar.

Necesito comer.

Necesito estar sola.

Necesito un abrazo.

Necesito decir que no.

Este ejercicio puede parecer demasiado sencillo, pero hay algo importante en él: te obliga a volver a ti.

Y muchas veces, antes de aprender a poner límites, necesitamos aprender a escuchar las señales que nos indican que los necesitamos.

No tienes que empezar diciendo “no” a todo.

Empieza simplemente por preguntarte cómo estás.

Ese puede ser tu primer límite: dejar de ignorarte.

El límite que llega después del agotamiento

Hay algo que ocurre con frecuencia.

No ponemos el límite cuando aparece la primera señal de incomodidad.

Lo ponemos cuando ya estamos agotadas.

Cuando ya no podemos más.

Cuando acumulamos enfado, frustración y resentimiento.

Y entonces el límite sale desde el desbordamiento.

Un:

“¡Estoy harta!”

“¡Siempre tengo que hacerlo todo yo!”

“¡No puedo más!”

Y quizá ese límite necesitaba existir mucho antes..

Por eso aprender a poner límites también significa aprender a escuchar las señales pequeñas.

Ese cansancio que aparece.

Ese nudo en el estómago.

Las ganas de evitar una situación.

La irritación que se repite.

El pensamiento de “otra vez tengo que hacer esto”.

La sensación de estar dando más de lo que puedes.

Nuestro cuerpo muchas veces sabe que hemos cruzado un límite antes de que nuestra cabeza sea capaz de reconocerlo.

En la maternidad, los límites pueden ser todavía más complejos

Cuando eres madre, tus límites se mezclan con los de otra persona constantemente.

Tu criatura necesita de ti.

Y hay momentos en los que, efectivamente, no puedes simplemente decir “ahora no”.

Pero eso no significa que tus necesidades desaparezcan.

Puedes atender a tu bebé y necesitar ayuda.

Puedes amar a tus hijos y necesitar estar sola.

Puedes disfrutar de tu familia y necesitar silencio.

Puedes querer cuidar y necesitar que alguien te cuide.

Puedes ser una madre presente y necesitar poner límites a las demandas que vienen de fuera.

A la familia.

A las opiniones.

A las visitas.

A la pareja.

Al trabajo.

A las expectativas.

Y también a esa voz interna que te dice que una buena madre debería poder con todo.

No todo necesita una explicación

Otra cosa que aprendemos cuando empezamos a poner límites es que no siempre necesitamos justificar nuestras decisiones.

“No puedo.”

“No me apetece.”

“Esta vez no.”

“Necesito descansar.”

“Prefiero hacerlo de otra manera.”

“Ahora mismo no estoy disponible.”

Son frases completas.

No necesitan un discurso detrás.

Y esto puede resultar muy incómodo al principio.

Porque cuando hemos vivido mucho tiempo intentando que los demás estén bien, empezamos a creer que un límite solo es válido si conseguimos que la otra persona lo comprenda.

Pero no siempre será así.

Que alguien no entienda tu límite no significa que no tengas derecho a ponerlo.

Poner límites también es aceptar la realidad

Y aquí vuelvo a octubre.

A esa sensación de tocar tierra.

Porque poner límites también implica conectar con la realidad del momento.

Con lo que hay.

No con lo que nos gustaría que hubiera.

Quizá ahora mismo tienes menos tiempo.

Quizá tu energía no es la misma.

Quizá tu familia necesita más de ti.

Quizá estás atravesando una etapa complicada.

Quizá tu trabajo está exigiendo demasiado.

Quizá necesitas cambiar algunas cosas.

Y quizá llevas demasiado tiempo intentando vivir como si tuvieras una energía, un tiempo y unos recursos que realmente no tienes.

Poner límites puede ser una forma de dejar de luchar contra esa realidad.

No para resignarnos.

Sino para adaptarnos a ella con más honestidad.

Tocar tierra

Me gusta pensar en octubre como un mes para tocar tierra.

Para bajar un poco el ruido.

Para dejar de correr detrás de expectativas imposibles.

Para mirar alrededor y preguntarnos:

¿Qué está pasando realmente en mi vida ahora mismo?

No lo que debería estar pasando.

No lo que veo en otras personas.

No lo que imaginé.

No lo que creo que tendría que poder hacer.

Lo que está pasando.

¿Cómo está mi cuerpo?

¿Cómo está mi cabeza?

¿Cómo están mis relaciones?

¿Cómo está mi maternidad, si soy madre?

¿Qué me está pesando?

¿Qué necesito?

¿Qué estoy haciendo por inercia?

¿Dónde necesito decir que sí?

¿Dónde necesito decir que no?

Quizá poner límites empieza precisamente aquí: en escucharnos antes de llegar al límite.

Un pequeño límite esta semana

Después del ejercicio anterior, te propongo un segundo paso.

No intentes cambiarlo todo.

Piensa solamente en una cosa pequeña que esta semana puedas hacer de otra manera.

Algo que te está quitando energía.

Algo que haces por obligación, por miedo a decepcionar o simplemente porque siempre lo has hecho así.

Y pregúntate:

¿Qué pasaría si esta vez dijera que no?

Quizá sea rechazar un plan..

Pedir ayuda.

No responder inmediatamente a un mensaje.

Delegar una tarea.

No hacer algo que puede esperar.

Decirle a alguien que hoy no puedes.

Reservarte media hora para ti.

No tiene que ser un gran límite.

Los límites también se entrenan en pequeño.

Y cada vez que escuchas una necesidad tuya y actúas en consecuencia, estás diciéndote algo muy importante:

“Yo también importo.”

Los límites no alejan, ordenan

Quizá hemos aprendido a tener miedo de los límites porque pensamos que separan.

Pero los límites sanos no tienen como objetivo alejarnos de los demás..

Nos ayudan a relacionarnos desde un lugar más auténtico.

Cuando puedo decir que no, mi sí tiene más sentido.

Cuando puedo reconocer que estoy cansada, puedo pedir ayuda antes de romperme.

Cuando puedo reconocer mis necesidades, puedo cuidar sin desaparecer.

Cuando puedo aceptar mis límites, dejo de exigirle a mi cuerpo y a mi mente que sean infinitos.

Y quizá eso sea también cuidar.

Cuidarnos.

Este octubre, vuelve a la tierra

No necesitas reinventarte.

No necesitas empezar de cero.

No necesitas convertirte en una versión mejorada de ti misma.

Quizá solo necesitas volver.

Volver al cuerpo.

Volver a tus necesidades.

Volver a lo que es posible.

Volver a lo que importa.

Volver a escucharte.

Y desde ahí, empezar a poner pequeños límites que te permitan habitar tu vida con un poco más de calma..

Porque poner límites no significa querer menos.

No significa ser egoísta.

No significa dejar de cuidar.

Significa recordar que tú también formas parte de aquello que merece ser cuidado.

Y quizá este octubre podamos quedarnos con una pregunta:

¿Qué necesito dejar de sostener para poder sostenerme un poco más a mí?

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